El hombre que nunca llegó
Todo estaba muy tranquilo esa tarde; el calor sofocante anunciaba la proximidad del verano y un aire pesado recorría el modesto barrio Santa Rosa. Nadie en las calles; sólo algunos chicos quienes, a la hora de jugar a la pelota, ignoran el rigor estival.
Como todos los días el hombre salió a la calle: pasos firmes, cabeza alta, uniforme de verano impecablemente planchado y placa de policía de la provincia visible en el pecho.
En esa oportunidad llevaba unas cartas. No sabía por qué se había ofrecido a una tarea menor, tan simple y sin importancia, como si fuera un mensajero; lo podía hacer otro, cualquier otro, no el sargento. Pero se había ofrecido -orgulloso- y allá iba.
El cielo estaba intensamente azul; los árboles de la plaza ofrecían una reconfortante sombra. Allí se detiene el hombre un momento para retornar su marcha.
Cruzó la calle, algún perro ladró con desgano; pateó una lata que se atravesó en su camino y siguió. Ni siquiera miró hacia los costados. Sabía perfectamente que nadie iba a pasar en ese instante.
Ya estaba a la vista la dirección que tenía como destino.
De pronto una corrida entre tres jóvenes cortó la monotonía del momento. Miró hacia el lugar donde se producía el alboroto y antes de actuar examinó todas las cosas que podían ocurrir. Calculó que tenía bajo su control la situación, consideró su camisa sudada, se secó la frente y casi sin darse cuanta se vio corriendo detrás de los chicos que inexplicablemente le apuntaban.
Ahora sintió algo que le quemaba el pecho. Estaba tirado en el piso y las piernas no le respondían. No podía moverse pero lograba pensar. Era difícil hilvanar lo que había pasado. ¡Si tan solo pudiera sacar de su bolsillo un pañuelo!
La siesta seguía su lento ritmo implacable. Imaginaba que la escena era seguida por muchos pares de ojos detrás de las persianas y tuvo la certeza, por un instante, que nadie lo socorrería.
¿Era uno de los tantos días de semana, trabajando en un barrio de Santa Fe? Sin duda. Nada había cambiado. Sólo él era distinto.
Echó una mirada de reojo a su alrededor. Percibió cómo algunos pocos vecinos se asomaban a las puertas de sus viviendas tratando de conocer las causas del alboroto y alcanzó a escuchar algunos diálogos entrecortados. Seguramente ya empezaban a movilizarse los clanes familiares que tan a menudo libraban en la zona feroces enfrentamientos en estos últimos años. Imaginó los titulares de la prensa y los comentarios de sus compañeros en las radios.
Pero él estaba allí tirado, en una situación límite ¿era eso posible?
Buscó razones de lo ocurrido pero no las pudo encontrar; pensaba que se iban a enojar con él si no entregaba a horario esos papeles. El dolor era intenso y estar tirado en el piso en realidad era una contingencia no prevista.
Miró una vez más al cielo. El sol le dio de lleno en los ojos. Entonces el hombre los cerró para siempre.
Autor: Esteban Rezza
