Algo más que un simple partido de fútbol - Esteban Rezza

Algo más que un simple partido de fútbol - Esteban Rezza

Algo más que un simple partido de fútbol 

Mientras hacíamos la cola para entrar a la cancha recordó aquella tarde en que, recién llegado a Santa Fe, Juan me hablaba de su ciudad, de su gente y de Colón.

-Pronto será el clásico. Te voy a llevar –prometió.

Hombre apasionado por el fútbol, había logrado lo imposible: animarme a mí, huraño intelectual y detractor de sentimientos "menores" como ése, a ir ver un partido de fútbol.

- ¿Cuánto falta para que empiece? –pregunté.
- Nada, che, esta para nosotros ya empezó, ¿no te parece?

La risa espontánea de Juan se tapa con el ruido de bocinas, bombos y tambores que bloqueaban cualquier intento de diálogo. En realidad ¿quién quería hablar? Había que mirar, escuchar, asombrarse realmente y dejarse llevar por el aire de fiesta y de felicidad que inundaba el modesto barrio Centenario. Porque era fiesta, era alegría verdadera, cantada, gritada a rabiar. ¡Y yo metido en el medio! Juan, desbordante de euforia y complacido porque se me daba ser testigo del espectáculo. 
¡Juan! ¡Hincha fanático! Jamás podría imitar uno solo de sus gestos ni de sus movimientos siguiendo el compás de la "murga" de los sabaleros.

Una multitud se disputaba el derecho a entrar primero. Eran en su mayoría jóvenes, varones y mujeres. Rostros cetrinos, caras pintadas, simples y revoltosos, envueltos en enormes banderas o adornados con ridículos sombreros. Muchos pibitos, más alterados y gritones que cualquiera. De vez en cuando un "recién salido del baño" llegaba a cortar la uniformidad de la masa. (Tal vez poco importa lo que digo). 

Es que todavía yo lo veía desde afuera. Ellos, Juan y los demás, pertenecían a una única cofradía: la de los hinchas de un mismo equipo. 

Por fin llegamos a las tribunas. Allí esperé paciente el comienzo del partido. Y aunque nadie había dejado de gritar, en un instante puntual y supremo sentí el clamor ensordecedor de una pasión multiplicada por mil. Miles de gargantas vibrando al unísono mientras once jugadores vestido de "sangre y luto" piaban el verde espacio. Todo eso ante mis ojos y Juan que no desentonaba y que sólo descansaba por un instante para tomar más fuerzas y seguir: ¡Dale Negro! ¡Dale Negro!

Y el partido que comienza, y el primer tiempo cero a cero, y el descanso, y de vuelta la ceremonia del segundo tiempo, y casi sobre el final ¡el gol!, el "golazo" (que no es lo mismo), y Juan, y sus lágrimas, y su abrazo conmigo compartiendo algo tan indescriptible, y el extraño "gallego" recién llegado que siente que no puede ver claramente nada porque algo le molesta en sus ojos...

- Decime Oscar ¿qué te pareció? 
- Muy bueno, muy bueno –contesté, esquivo a reconocer que había vivido algo más que un partido de fútbol.
 
Autor: Esteban Rezza